Por largo tiempo Quito fue referente histórico, testimonio colonial, capital del país y centro del poder político; fue el símbolo de la república y, al mismo tiempo, escenario de golpes de Estado y “escritorio” de las dictaduras.
Quito fue la iglesia de La Compañía, la Catedral, la Merced.
Fue la armonía arquitectónica y el barroco implantados por los españoles en un remoto valle de los Andes.
Y fue la Escuela Quiteña y la artesanía nativa.
Fue la Plaza Grande. Y está bien que así haya sido y que así sea, porque, quiérase a no, la ciudad es la memoria y el núcleo de la nación, y el punto de encuentro de las diversidades regionales.
Todo aquello fue Quito, y aún lo es, en cierto modo.
Sin embargo, Quito, sin dejar de ser la capital y el signo de la colonia y de la independencia, se ha convertido en un problema y, para salvar la ciudad, hay que admitir que ahora es un escenario de dificultades nunca antes vistas, de incertidumbres y angustias que persisten y crecen.
Es una masa urbana sin concepto, es un tumulto que se expande por donde puede, sin idea de qué debe ser, de qué propuesta de vida tiene, de si es un sitio para la gente o para los vehículos, y si vale la pena sacrificar el centro histórico en beneficio de los buses y de los cálculos políticos, de si es legítimo tumbar árboles y recortar parques. ¿Cuáles son los derechos del peatón y del ciclista, cuáles los de los choferes y más conductores?, ¿cabe el ciudadano es este tumulto sin liderazgo?
Y no es problema municipal, solamente. Ni es de ahora. El tema es más complejo: es que Quito, sus autoridades y sus élites dejaron de pensar la ciudad hace tiempo, renunciaron a planificar la vida urbana en función de ideas, metas y valores. Y todos, Municipio, gremios, grupos de presión, políticos, intelectuales, etc., se quedaron en la perspectiva interesada y corta. Se quedaron en la solución coyuntural, en el parche. ¿Desde cuándo no hay un plan global, integral de la ciudad, una idea de los efectos de la migración, y de la expansión a los valles, que se haya discutido, comprendido y consensuado?, ¿desde los años setenta, desde los noventa? ¿Hay una idea de Quito, o es un “accidente” urbano que crece y se desborda?
¿Pregunto si hay un concepto de Quito? ¿Hay una pasión por Quito?
¿Es esta una ciudad que convoca, que ilusiona, o es un descalabro asombroso?
El tema no se agota en las instituciones ni en el Municipio ni en el poder, que tiene mucho que ver y que hacer respecto de la capital.
El tema, además y principalmente, es de ciudadanía, de cada uno de nosotros, de cultura, de sentido de ciudad, de compromiso y claridad.
El Municipio es una entidad perdida entre la politiquería. No recuerdo que la capital haya llegado antes al extremo de ausencia de representatividad, de autoridades enredadas en innumerables disputas, que agotan la fe en la ciudad y la reducen a episodios que no trascienden de lo coyuntural, que no rebasan los límites del electoralismo. (O)




