
Migrante como soy, he debido reaprender casi todo. Aprendí, por ejemplo, que el verdadero bienestar no es tener más, sino que todos a tu alrededor tengan las mismas oportunidades. Fue extraño al inicio percatarme de que tantos europeos con dinero no llenan sus casas de lujos, sino que viven una vida normal: usan transporte público, van al mismo doctor que su plomero, leen en el parque y nadan en piscina municipal. Yo, que venía de un mundo de jerarquías y privilegios, me asombraba el desinterés de la mayoría por vivir, comer y celebrar en lugares “exclusivos” o vestir ropa que otros no podrían soñar en comprar.
Venía yo de una región contaminada por la mentira de “que cada uno hace su propia fortuna si trabaja suficiente” y me incomodaba pagar mi seguro social, impuestos altos, etc. Al inicio no entendía este sistema de redistribución y solidaridad hasta que comprendí que es el fundamento de la seguridad y estabilidad económica de todo un pueblo. Cuando llegué y no hablaba alemán, sobreviví gracias al paro. Cuando nacieron mis hijas, pude criarlas a tiempo completo y fue el dinero de todos el que me lo permitió.
Estamos de fiesta los “zurdos” que creemos en modelos económicos justos, sociales, solidarios y sostenibles porque en EE. UU. acaban de triunfar los demócratas más progresistas. Hartos de la corrupción descarada, la ineptitud, la crueldad, el racismo, la frivolidad, el discurso de odio, las guerras de los republicanos, los estadounidenses han votado decididamente por políticos que apoyan una socialdemocracia al estilo europeo. Pero no todo huele a flores en Europa. Hay disturbios sociales ante Gobiernos que no han sabido proteger la socialdemocracia. Abundan las colmenas turísticas y burbujas de especulación inmobiliaria, así que la población local ya no puede acceder a una vivienda. Hay empresas depredadoras que han ido instaurando sistemas de lujo exclusivo para pocos. Y están la explotación laboral de empresas a las que no se regula, la precarización del trabajo, el envejecimiento de la población, el costo de vida, que ha subido aún más a causa de guerras infames.
Pero la esperanza renace en EE. UU. y el mundo en las voces de líderes como James Talarico, Gina Hinojosa, Deb Haaland, Keisha Lance Bottoms, en la reelección de las brillantes AOC e Ilhan Omar, a quienes Trump ha insultado recurrentemente con la bajeza que le caracteriza. Y la gobernadora electa de Ohio, Amy Acton, que ganó contra la campaña inmunda de su oponente, quien aprovechó el abuso sexual al que sobrevivió de niña para atacarla. Pero ganó el bien. Ganó Abdul El-Sayed con su sabiduría y mesura, a pesar de la campaña de islamofobia y calumnias en su contra. Ganaron los demócratas, a pesar de las inversiones millonarias de empresarios corruptos en campañas de desinformación para sembrar el miedo y el odio de donde nace el apoyo a la derecha. Qué orgullo ser “zurdo” y “woke” y creer en una vida digna para todos, en la protección a los más vulnerables, en la solidaridad, la honestidad, la justicia, la sostenibilidad y verdadera libertad, no la libertad de enriquecer a los amigos y despilfarrar dinero en salones de baile y guerras espantosas. (O)




