
Si sostenemos una pequeña moneda pegada a la pupila del ojo, esa diminuta pieza bastará para taparnos por completo la inmensidad del horizonte, el paisaje que nos rodea o el rostro de quien tenemos enfrente.
No es que la moneda sea mayor que el mundo, sino, más bien, la proximidad obsesiva y desmedida con que la sostenemos lo que anula nuestra visión.
Basta apenas alejarla unos centímetros, interponer una distancia prudente, para que el objeto recupere su justa proporción y la mirada vuelva a despejarse.
Algo idéntico nos ocurre en la convivencia cotidiana.
Vivimos asediados por la urgencia de reaccionar de inmediato ante cualquier discrepancia; ante la menor incomodidad, pegamos el juicio a la mirada y catalogamos al prójimo con rótulos apresurados que calmen nuestra ansiedad.
Creemos que la rapidez es señal de firmeza, cuando con frecuencia no es más que el atolondramiento de quien dispara a ciegas en medio de la confusión.
Frente a esa inercia, la filosofía clásica nos legó una advertencia fecunda, a la que ya hemos aludido en otra ocasión.
Se trata de la epojé, entendida no como una renuncia a valores sólidos ni como una claudicación moral, sino como la suspensión momentánea del juicio para permitir que la realidad se manifieste en su verdad.
Es la misma sabiduría que condensaba san Ignacio de Loyola con su célebre máxima de que en tiempo de oscuridad o de turbulencia interior, jamás tomar decisiones ni hacer mudanza, sino esperar a que la tormenta amaine.
Poner entre paréntesis nuestras reacciones viscerales es la condición indispensable para la prudencia y la escucha sincera.
Vivimos en medio de una cultura que premia la estridencia y castiga la pausa razonable, y vale la pena detener el paso para mirarnos y bucear dentro nuestro con honestidad.
¿Cuánto de lo que afirmamos con vehemencia nace de un discernimiento sereno y cuánto de la prisa por defendernos ante lo que nos inquieta?
¿No será que confundimos la fidelidad a nuestras convicciones con la terquedad de negarnos a escuchar la verdad que pueda habitar en quien piensa diferente?
En definitiva, ¿tenemos el coraje ético de sostener la pausa antes de emitir un veredicto, permitiendo que la voz ajena nos interpele sin recortarla a nuestra medida?
La pausa no es debilidad ni cobardía; es la templanza de quien sabe esperar a que la bruma se disipe para no extraviar el camino.
Quien toma distancia de su propio arrebato no pierde su brújula, sino que limpia el cristal de la mirada para volver a contemplar el rostro del otro en toda su densidad.
Solo en ese intervalo sereno nuestras decisiones recuperan la hondura y la madurez que la convivencia nos reclama. (O)




